No comunico. Mi boca está tapada con cinta y por mucho que grite, no consigo transmitir nada. Los seres de mi alrededor me oyen y ponen su atención en mi, pero al ver que no consigo hablar, pierden su interés y continúan con sus quehaceres. Solo grito, no transmito.
Mis ojos están cubiertos con un velo, que me permite observar mi alrededor, mientras me prohíbe transmitir mi mirada. Sin acceso a mis ojos, los demás no entienden que estoy viva. Que puedo sentir. No pueden ver mi alma, y me tratan como objeto, en vez de sujeto.
Mis manos atadas me permiten hacer señas. Con ellas noto el dolor de las cuerdas contra mi piel, el frío de la habitación y el contacto del suelo mojado. Cualquier cosa que consiga transmitir con ellas, no tendrá más riqueza léxica que cualquier frase de un niño de párvulos.
A pesar de este estado de aislamiento al que he sido sometida, mantengo mi capacidad de observar, escuchar, oler y percibir todo aquello que hay a mi alrededor. De este modo, puedo empezar a procesar los estímulos externos, y poco a poco, empiezo a pensar.
¡Pienso!
Alguna corriente renacentista argumentaría que, por haber conseguido afirmar esto, he proclamado también que existo, que estoy viva. Sin embargo, no es así como me siento. Estoy en un estado en que recibo estímulos, pero no genero nada. No produzco nada. No comunico nada.
Tendrán razón ellos y seré, al final, nada más que un objeto, percibiendo, recibiendo, observando, pero siempre callada, siempre pasiva, y siempre invisible.
