Suena aquella canción que has pasado horas decidiendo, para levantarte con ganas de enfrentarte a un nuevo día. A ciegas, cansado y sin energías, alcanzas tu teléfono y lo silencias, para dormir diez minutos más.
Te quedas solo, envuelto en la oscuridad de la mañana, consciente de que no vale la pena intentar volver a dormir por tan solo nueve míseros minutos.
Piensas en el frío de la habitación cuando salgas de tu cama, en los temblores que sufrirás al salir de la ducha. En el viento heloado que azotará tu cara al salir a la calle. Deseas alargar al máximo los ocho minutos que te quedan calentito entre tus sábanas.
Estás convencido que esta tarde, cuando llegues a casa, harás un montón de cosas que te harán feliz. Hoy harás la rutina de siete minutos de ejercicios que hace quince días que debías haber hecho. Hoy acabarás por fin el libro que lleva mirándote toda la semana. Meditarás. Cenarás sano e irás a dormir más temprano que ayer, sintiendote realizado. Y quizás, mañana cuando te despiertes no estarás tan terriblemente agotado.
Recuerdas el sueño del que acabas de despertar. En un mundo de fantasía, lejos de la realidad. Resolviendo conflictos, matando a dragones y salvando la princesa. Desearías volver allí, ni que sea durante seis minutos, por que allí no te invade constantemente esa soledad tan profunda que sientes constantemente.
Imaginas lo que te espera en este día, tus larguísimas ocho horas de trabajo, al lado de compañeros que solo te preguntan cómo estás para incluir tu respuesta en el ajuste de la previsión de ventas trimestral, y sabes que en unas pocas horas desearás terriblemente tener tan solo cinco minutos a solas, tranquilo con tus pensamientos, en tu mundo.
Tu mente aprovecha este instante para viajar a lugares y tiempos lejanos, sin facturas ni jornadas, donde cuatro minutos se podían convertir en horas, y las tardes se hacían interminables al lado de amigos y gente querida. Donde no hay corazones rotos, ni personas distantes.
Piensas en esa persona. Las carícias, el calor, el amor que tan lejos queda ahora, y consideras que hoy podrías llamar para saber como está. Preguntarle por su vida sin ti. Preguntarle por sus angustias y ambiciones, sus deseos y temores, y escuchar su voz de nuevo. Aunque solo sea durante tres minutos.
Suspiras de nuevo en la oscuridad, sin querer abrir los ojos. Te duele la garganta. Tienes sed. Si te levantas ahora, sacrificarás los dos minutos que te quedan aún en la cama, sin tener que enfrentarte aún a la realidad del mundo. Decides esperarte, puedes aguantar.
Te relajas, dejando que todas tus emociones fluyan. Observas como van y vienen tus pensamientos como si estuvieras viendo coches pasar en una carretera. Te preparas para lo que te depara el día. Respiras hondo. Inspiras, expiras. Un minuto. Y te duermes.
Suena aquella canción que has pasado horas decidiendo…
